
“Yo estoy convencido de que hurgando en estos estantes de ofertas hay tipos que seguramente son como era yo en el año 58, que están buscando su camino y ustedes deben andar por ahí..”, dice Miguel Grinberg, sentado en una cafetería apenas aislada del ruido de la Feria del Libro de Buenos Aires que hace unos minutos él mismo definió como un espacio estéril, una playa de estacionamiento de libros.
El camino de Miguel
empezó en su casa de Caballito de la que salía a recorrer la ciudad en
bicicleta, siempre un poco más lejos. Los años lo llevaron de mochilero a
Tailandia o a Nueva York a conocer a sus hermanos en el camino, a los beatniks
del otro lado del hemisferio, o a Los Ángeles a encontrarse con Henry Miller. Sus pasos lo guiaron
del monasterio de clausura del monje Thomas Merton a ser uno de los
únicos amigos argentinos del polaco Witold Gombrowicz, de ser el fundador de
varias de las revistas más jugadas y míticas del país a hacer años de radio o
viajar por el mundo a cuenta de las Naciones Unidas.
“Debo reconocer que toda mi vida ha sido un acto de osadía”, concluye Miguel
mientras toma su café seguramente frio después de las casi dos horas de entrevista. “La osadía es no estar seguro que te van a decir que sí, es
arriesgarte a que te digan que no. Bancártelo. Uno cree a veces que organiza la
vida, pero en verdad tiene que tener la suficiente soltura y juego de cintura
como para no pasarse como el Quijote luchando contra
molinos de viento, sino encontrando las líneas de menor resistencia. Yo creo
que eso lo adquirí instintivamente. Y siento que después de todos estos años de
martirologio argentino hay una generación, no te podría decir dónde, ni
quiénes, pero que están aproximándose a ese ideal.”
***
Su voz es pausada. Se escucha claramente al momento
de la entrevista y se escucha también nítida en el grabador. Trae algunos
libros bajo el brazo. Lleva el ritmo de una charla que a veces parece irse por
las ramas, pero que Miguel se encarga de encausar. La charla quiere abarcar lo
inabarcable. Por eso pregunta antes de empezar: “¿Cuántas horas graba este
aparato?” y señala el grabador de periodista.
Miguel es un abridor de
senderos. A medida que se reagrupa su obra, así
como su vida, se aprende a elaborar una mirada compleja. Es un disparador de
infinitas búsquedas. Entonces es común que la charla se bifurque, que parezca
perderse, pero que siempre siga un rumbo que él conduce. Todo empieza con tres
hechos que lo marcaron.
En
1955 se anota en la facultad de medicina. Quería ser pediatra y
trabajar con niños. Ese mismo año se estrena la película Semillas de maldad, que tenía la
canción Rock alrededor del reloj. “Yo ya estaba
familiarizado con esa música”, dice, “porque desde chico, aunque yo nunca
imaginé que iba a hacer radio, a mi me atrapó. Desde la primaria. Descubrí que
había una en el ropero de mi casa. Mi mamá me dijo que estaba rota. No creo que
me haya querido vedar el acceso. Quizás la probó mal. Como todo chico que anda
en la aventura fui, la probé y funcionó. Mi vínculo con el mundo a través de la
radio fue maravilloso. Como después la situación en casa mejoró - y esta es una
experiencia que tuvimos muchos de mi edad - compró el combinado. Radio y
tocadiscos. Fue como tener la máquina del tiempo”.
A
los 15 años recorría el dial de una punta a la otra. Fue escuchando radio, que
conoció el Rock and Roll. Cuando aparecen Bill
Haley, Little Richard y Chuck Berry,
él ya estaba en audiencia. El Rock fue uno de los acontecimientos que lo
marcaron de por vida. Por otro lado, en esa misma época las bombas en Plaza de
Mayo para derrocar a Perón también lo sacuden.
Miguel se encontraba cerca de la plaza en una casa de música. “En esa época yo
estaba dando un parcial y me mandaron a casa porque venía la marina, que iba a
bombardear Mar del Plata. Perón fue ahí que se asiló en la cañonera paraguaya”.
Finalmente en 1958 un
conflicto estudiantil muy grande, que ocupó todo el perímetro de Facultad de
medicina, que fue la ocupación de la facultad, le cambia la vida. La
universidad se levanta porque estaban votando en el congreso una ley que
permitía la consolidación de la enseñanza privada y fundamentalmente la
universidad católica.
“Hubo barricadas en las
cuales participé. Yo estaba fuera de la toma, pero era del equipo que rompía
los bloqueos de la policía para llevarle pizza o sanguches a los que estaban
ocupando. Había barricadas reales, para las que se cortaba la soga del tranvía
y así quedaba bloqueada la calle. Cuando pasó el mayo francés yo me acordaba de
que lo habíamos vivido acá. Estaba en tercer año. Ahí se me queman todos los
fusibles. Entre la lucha estudiantil, la represión policial, el rocanrol. Se me
produce un vacio. Necesitaba que me nutriera algo que yo no sabía que era. La
música me nutría pero en esa época estaba el cine. Veía todo lo que se
estrenaba. Yo en los días de estreno llegaba a ver tres películas. Cuando salía
no sabía quién era ya. Me apasionaba. Salieron los discos de pasta y me hice
una colección. Me gustaba el jazz. Glenn Miller”.
En
esa época sus padres se mudan a Villa Crespo, a una cuadra de la sociedad
hebraica, de la que sus padres eran socios vitalicios. Jugaba al básquet e iba
a la pileta. Un día sale de la pileta y ve un cartel que promocionaba un grupo
de arte escénico y se une. Es ahí cuando sus compañeros de grupo empiezan a
pasarle libros.
Los
libros no eran una cosa nueva para él. De chico salía a caminar por la Avenida
Corrientes a buscar libros, cosas que le repiquetearan en la cabeza. Entonces
conoce a Roberto Arlt. Los
siete locos, El Jorobadito. Le produce un shock.
Son sus amigos del grupo de arte escénico los que lo introducen en la
literatura. Le pasan Poesía y conoce a Pablo Neruda. Estudiaba en la
biblioteca de la facultad de medicina y como no tenía dinero para libros los
leía ahí. En esa biblioteca fue donde escribió su primer poema.
“Espontáneamente. Abrí el cuaderno y me empezaron a pasar imágenes. Desde
entonces yo tengo cuadernos. Diariamente hago notas. En esa época empecé a
escribir cuentos también”.
Miguel tenía una enorme ventaja sobre los demás jóvenes de su generación.
Había estudiado inglés desde muy chico y era bilingüe. Entonces, todo lo que
llegaba de afuera Miguel lo absorbía, lo hacía suyo, lo utilizaba en su
búsqueda. Compraba las revistas Times, Newsweek o Life en la calle
Florida. Y se produce otro descubrimiento. Una de esas cosas que pasan cuando
uno hace eso tan peligroso que es cruzar su puerta y salir a husmear el mundo.
En 1956 aparece Jack Kerouac y la
generación Beat. Los libros no estaban traducidos al castellano.
“Leyendo en El Camino y Los Subterráneos descubro
que existía el budismo Zen y Suzuki. Me empecé a abastecer de material y a los
veinte o veintiún años manejaba una información que para los otros amigos míos
era chino”.
***
“Los años sesenta que yo pondero tanto no es que se
inventaron como fenómeno”, dice Miguel, que se acomoda su traje que no se saca
durante toda la entrevista. Mientras habla mira a la nada, quizás está viendo
cosas que ya pasaron, reviviendo momentos. “En los sesenta hubo una revolución
estética e intelectual. Porque apareció el nuevo cine en todos los países de
Europa, inclusive en la Argentina había una nueva generación teatral. Era una
época de mucha riqueza intelectual. Uno iba a visitar a Leopoldo Marechal a su casa o a
escuchar conferencias de Arturo Jauretche. Todos los días salía
una nueva revista literaria. En la franja bohemia de la calle Corrientes, en
los bares entre el Obelisco y Callao, era como Montparnasse o Saint Germain des
Prés”.
Miguel comienza a estudiar arte escénico y a trabajar en una obra en la que
hacía un papel importante. Como en la obra hacía de capitán de barco no podía
salir a la calle vestido y maquillado. Entonces se hacía comprar un sanguche
que comía en el teatro y ponía Bossa nova. La trova brasilera
y Joao Gilberto lo habían impactado
fuertemente. Una de esas noches escucha a alguien gritar desde el fondo del
teatro: “qué linda música, verdad”. Era el invierno de 1960. “Con es chico nos
hicimos amigos”, cuenta Miguel. “Me dice que tenía ganas de ir a Brasil. Le
dije que yo también. Al final nos fuimos juntos de mochileros a Brasil”. Ese
tipo del que habla es el reconocido escritor Antonio Dal Masetto.
“La facultad ya me había ganado por abandono. Entonces con Dal Masetto nos
mandamos a Rio de Janeiro. Cuando volvimos de Brasil nos habíamos hecho amigos
de un montón de poetas que habíamos conocido allá. Yo había ido capturando
poesía de Perú, de Colombia. Estaba totalmente metido en la poesía y en el
rock. A un amigo que vivía en NuevaYork le pedí que me comprara un libro deAllen Ginsberg. Me produjo tal impacto
que traduje América. El primero de Allen que
traduje. Yo siempre lo hacía pidiendo permiso a los autores. Tenía esa manía.
Lo mandé a la editorial. Al tiempo me llega una carta de Ginsberg pidiéndome
disculpas por la demora desde Tánger en Marruecos, donde estaba con toda la
barra Beat. Me mandaron la correspondencia a París, donde yo ya no
estaba y desde ahí a Tanger. Tenés autorización para publicarlo. Solo que
por la cuestión de la censura acá yo había suavizado algunas palabras. Él
siempre hablaba de pijas y de culos y de putos. Yo había puesto los
equivalentes sociales. Los quería publicar en alguna revista como traductor.
Buscar alguna revista literaria que lo publicaran. Habíamos descubierto en el
sesenta que había toda una nueva poesía en América. Intuí que había algo nuevo
ahí. Nos patearon en todos lados. La poesía Norteamérica a la izquierda no le
interesaba porque era el imperialismo y a los conservadores tampoco les
interesaba porque eran pro franceses, lo que no era francés era mierda”.
Entonces pensaron en hacer una revista. La pregunta fue: ¿Qué se necesita para
hacer una revista? Ataron cabos. No era imposible. Así nació Eco contemporáneo, una revista que en su
primer número tuvo 138 páginas. Cuando tuvieron los ejemplares agarraron
cincuenta cada uno y fueron al centro de Buenos Aires a repartir en los kioscos
y las librerías de Florida y Corrientes. El circuito bohemio. “En todos lados
nos lo aceptaban. Poco a poco nos fuimos haciendo nuestro lugar”.
A través de una revista llamada Rojinegro, Miguel empezó a hacer intercambio
con gente de toda Latinoamérica que estaba en la misma sintonía. Así nace en
1962 La Nueva Solidaridad, una asociación de
poetas de todo el continente. Por este medio conoce al nicaragüense Ernesto Cardenal, que traduce a Thomas Merton y este le vuela la
cabeza. “Le escribo a Cardenal y le digo: ´Si le escribo a Merton, ¿me va a
contestar?´ y me dijo que sí, claro. Me dio la dirección, le escribí y
respondió. Y fue operación ola de nieve. A todo tipo que le escribía, a Henry Miller,Norman Mailer, a los grandes
novelistas del siglo veinte, me contestaron siempre. A parte de que con un
grupo de chicos de La Plata, que tenían como secreto la existencia de
Gonbrowicz, también me lo presentaron y soy uno de los pocos en la Argentina
que fui su amigo. Yo era un buscador, pero la vida también me ofrecía con
enorme generosidad la posibilidad de tomar contacto con figuras arquetípicas”.
“En el 65, hablando con
Hector Yánover, un poeta de la puta madre que fue director de la biblioteca
nacional, le digo ´Como me hubiera gustado conoceráGonzalez Tuñon´. Me dice: ´Porque no lo
vas a ver´. Trabajaba en el Clarín. Yo lo quería entrevistar para la revista,
porque una vez Yánover me cuenta la anécdota de que en la bohemia anterior a mi
generación durante la guerra civil española, los tipos que se reunían en París
eran Tuñon, Neruda, Huidobro, Vallejo, José Hernández, García Lorca, Picasso. No eran todos amigos
entre sí. Algunos de ellos estaban peleados. Se reunían en París con el mismo
rollo. Entonces llamo tímidamente a Tuñón y me dice: ´Vení, tomamos un vino y
vemos que podemos hacer´. Le hice una entrevista que publiqué en la Eco
Contemporáneo. Surgía naturalmente, no era un trámite en el ministerio que
tenés que sacar número y esperar veinticinco años para que alguien te ponga un
sello que te autorice. El permiso, si te das cuenta y tenés la suficiente
osadía, te lo das vos mismo”.
***
En febrero de 1964 organiza una reunión de los
poetas de La Nueva Solidaridad en Méjico. Viajó solo un pasaje
de ida, pero con la idea de volver al mes. Lo hizo diez meses después. Cuando
llega a Méjico recibe un mensaje de Thomas Merton diciendo que no podía viajar
a la reunión, pero que había negociado para que le dieran un permiso que le
permita a Miguel entrar al monasterio. “Si el monasterio de un recluso que está
aislado del mundo me permite ir a visitarlo, ¿cómo voy a decir que no?”,
explica Grinberg cuarenta y siete años después en Buenos Aires.
Consigue un pasaje gratis
a la frontera. Le lleva tres días completar el trayecto, solo con una mochila.
“Nunca tuve esa inhibición de la desconocido. Al contrario, tengo una atracción
morbosa por lo desconocido. Así me fui metiendo en estas múltiples cosas que yo
hago, porque el rock acompañó y la ecología fue un descubrimiento a lo largo
del camino. La poesía me agarró a los 18 y después me fui naturalmente haciendo
espacio en el periodismo”.
Llegó finalmente a Nueva York, donde visitó a Merton y a Allen Ginsberg. Pensaba
quedarse tan solo siete días y estuvo tres meses y medio. Hacía traducciones
para una revista desde Estados Unidos y cuando juntó la plata suficiente se
mandó a San Francisco a visitar a Lawrence Ferlinghetti. Pero tenía que
encontrarse con Henry Miller, que vivía en Los Ángeles.
“Yo llegué integrado a Nueva York. Con mucha gente ya tenía comunicación. Los
traducía y los publicaba en Eco Contemporáneo. Todos los lunes
había lectura de poesía en un café que se llamaba Le Metro, en la
2º avenida, donde todos iban a leer. El primer lunes traduje dos poemas míos
rápido y leí. Me hice amigo de toda la vanguardia de la época. Fui al estudio
de Andy Warhol. Entré por la puerta
grande. Eco Contemporáneo se vendía allá en las librerías
bohemias. En la librería City Lights, de Ferlingheti. La vida
que yo estaba haciendo en USA era que Henry Miller había hecho en la bohemia de
París. Era como un recambio generacional, sin que eso signifique equiparar los
talentos. Cuando yo llegué a USA era un ilustre desconocido, tenía nada más que
un cuadernito de poesía que se llamaba Ciénaga, con los poemas de
Buenos Aires”.
“El libro siguiente, que es América Hora Cero y Opus New York, que es
consecuencia de esa aventura, los escribí durante mi peregrinaje, pero había
años luz entre la obra de esa gente y la mía. Merton ya en esa época era una
figura arquetípica. La vida me gratificó con la posibilidad de tener esos
contactos. Además de la osadía natural. Yo no me intimidaba. Me relacionaba con
todo el mundo de igual a igual. Existencialmente, no intelectualmente. No
estaba compitiendo ni tampoco yendo con el original de una novela pidiéndoles
un prólogo.”
***
Miguel siguió siendo un oyente de radio. De chico
salía del colegio e iba a su casa lo más rápido posible para escuchar a las
12:30 a Hugo Guerrero Martineitz por Radio
Montevideo. Había descubierto también a Carlos Rodari en las noches de
Radio Splendid. Otro periodista que lo marcó fue Miguel Ángel Merellano, con su programa La
Generación Espontánea. “Para ellos la radio era un medio formativo”,
explica Grinberg, “eran los tipos diferentes. Compartían sus descubrimientos
con el oyente, entrevistaban gente de primer nivel, ponían discos que nadie
pasaba. Yo escuché por primera vez a Astor Piazzola en un programa de
Carlos Rodari y no lo podía creer”.
Sin embargo, nunca sospechó que terminaría haciendo radio. El bicho le picó en
1972. Fue a ver al inventor de Radio Municipal. Le llevó el proyecto y, aunque
pensó que no iba a tener respuesta, terminaron aceptando. El proyecto eraEl son progresivo. Empezó como un programa
de 25 minutos. A los 6 meses, Miguel era asesor de la dirección y tenía tres
programas. Radio Municipal se convirtió en la capital del rock.
A su vez empezó a trabajar como periodista gráfico. Pero en 1980 había empezado
a viajar nuevamente a ir a congresos de educación. “En lugar de tener una
carpeta llena de poemas, tenía una llena de artículos y entonces dije que tenía
que hacer una revista y salió Mutantia, con
una posición ecologista frontal, antinuclear. Empecé a traducir toda la nueva
era. Siempre en el borde, con un pie adentro del sistema y otro afuera. Porque
yo aprendí a tomar precauciones y tenía una doble personalidad.”
“Hasta 1987 yo le estuve metiendo pata a Mutantia y a la ecología. Un conocido
se fue de refugiado a la ONU y se fue a un
centro En Nairoby. Organizó en el 82 un seminario sobre Medio ambiente y me
invitó. Era mi único lector de Mutantia en África. Yo tuve un desempeño
bastante brillante, debo admitirlo, no tengo porque ocultar mis virtudes y les
caí muy bien a los asiáticos y africanos. Hubo elecciones, me postularon como
candidato y gané. Me convertí en miembro de la junta directiva y fui uno de los
principales redactores de documentos de la Eco 92, en Rio de Janeiro. Hasta 1992 estuve de
lleno viajando por todo el mundo a cuenta de Naciones Unidas.”
“Se me habría el camino y
yo me tiraba a la pileta. No es que dije me cansé de estoy voy a hacer una cosa
nueva. No era por hambre de novedad. La vida me invitaba a bailar ritmos
diferentes.”
***
Le preguntamos si ahora, después de tantos años, le
resulta más fácil hacerse entender, si su desprejuicio es más aceptado y
asegura que “los que se confunden son los de afuera, los de adentro me
entendieron siempre. Yo no cambié de repertorio por el gusto de la novedad.
Siempre me anticipé por la información que manejaba a las corrientes que se
venían. Yo vi a la poesía como un agente de transformación en los sesenta y me
entregué plenamente. Cuando a mitad de la década empieza a aparecer el rock,
dije llegó el momento de promover esto, después de La Cueva”.
Grinberg, sentado en el
predio de la Sociedad Rural, un poco encorvado por los años, con los ojos un
tanto fatigados de tanto andar por cuerdas flojas, de buscar reunir las distintas miradas críticas y
propuestas superadoras, nos da un respiro. Ya anduvimos demasiado siguiéndole
el camino. Entonces hace una pausa, se ríe y con una mueca burlona, dice: “Lo
mío con Madonna son puras mentiras”.
Entonces aprovechamos la distención para hacerle una pregunta que ya teníamos
pergeñada. ¿A qué te remite la frase de Charly García El Karma de Vivir al sur?
“El karma de
vivir al sur me remite a algo que decía Marechal, que tenía una neta propensión
a hablar del hombre nuevo. Decía que el futuro estaba acá. Decía que la
Argentina es la capital espiritual del planeta. ¿Vos me preguntás que es esto
de vivir al sur? Más que Marechal, hay un autor, que yo les recomiendo y que es
fundamental para esta conversación, que se llama Héctor Álvarez Murena y su libro “El
pecado original de América”. Que habla sobre el desarraigo argentino. Y
justamente el Arraigo argentino es el que década tras década se va produciendo
y yo siento que ahora esa fruta está madura. Yo apuesto fervorosamente a que en
el sur está el futuro. Europa está agonizando hace 100 años. Toda la literatura
europea, todo el cine europeo, la poesía europea, es toda una cultura de la
agonía. Nosotros somos el futuro, si me permiten la petulancia.”
“Sigo creyendo fervorosamente
en la vida. Creo que la vida está para vivirla. Hay mucha tarea por delante.
Hay que reformar la educación. La educación argentina que existe en este
momento es un molde que se creó para adaptar a los inmigrantes. Ese modelo ya
no sirve, ahora necesitamos una educación concentrada y dedicada a descubrir el
verdadero talento original del tipo que hay que educar y como dicen los
educadores de avanzada, el estudiante es una lámpara para encender y no un
recipiente para llenar. Los sistemas educativos están abocados a reproducir un
sistema de mierda Es ahí creo donde hay que dar el próximo ataque”.
1 comentario:
Un gustazo enorme, leer las aventuras de Miguel. No es la primera vez, me he nutrido con Mutantia, charlas varias, y siempre con la afinidad nacida por el espíritu del rock... ese espíritu beatnik...
saludos cordiales
Javier
Publicar un comentario